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¿Estoy socializando? [Privado]

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¿Estoy socializando? [Privado]

Mensaje  Rin Fujiwara el Vie 23 Jun - 0:56

- Torpemente divisaba en su espalda baja unas protuberancias alargadas y con apariencia felpuda. Seis en específico. A parte de estas habían dos más en su cabeza pero triangulares, como (…) las de un zorro. Aquellas extremidades nuevas ahora se agitaban juguetonamente a voluntad propia, tal vez si no hubiera sido tan débil en un pasado no tan distante ahora sería como cualquier ser humano corriente, a excepción de aquel defecto que para muchos ambiciosos se connotaría como una virtud, pues,  si era suerte él no quería nada que ver con ella.

Realmente estaba oscura la noche en que salió a testear su agilidad recién adquirida, en el bosque el aire se sentía liviano y fresco; tanto cabello como pestañas se agitaban e impregnaban de una que otra hoja, roció o pequeñas ramas  que se pegaban al chocar con los arboles.  Jamás logro sentirse así de libre como en ese instante. Nadie lo seguía, nadie quería asesinarlo, no tenía ningún enemigo. Simplemente sublime, ¿Pero cuánto duraría esa utopía? Realmente cuando se trataba del mundo real, magia, fantasía o sueños, lo bueno siempre seria efímero, un suspiro y ya. Se ensimismo entonces y suspiro hondo, luego se detuvo en un pequeño espacio despejado, tal vez usado por algún viajero atrevido hace mucho tiempo, pues porque quedaban rastros de ceniza causada obviamente por una fogata.

Las ramas bajo suyo crujían a medida que se recostaba sobre ellas, se deshizo de sus lentes por un momento y ajusto su pupila alargada hacia la redonda figura de la luna. Se sentía tan solo como ella, ambos poseían la misma maldición con la única diferencia de que de él no dependía nadie. Nadie lo necesitaba, en cambio la luna iluminaba el alma y el sendero de las personas, su belleza más que un malestar era un don ¿Por qué todo tenía que ser tan complicado en esta existencia?, el universo escondía tantos secretos y respuestas y se negaba a compartir uno de ellos fácilmente. Por un momento ya no quería ir al instituto, no quería trabajar y tampoco hallarse. Los apretujones en el pecho eran el pan de cada día,  ¿Qué haría con su vida ahora? Tener poderes no  solucionaría todos sus malestares de la noche a la mañana.

Un amigo (…) Eso requería. Basta, basta de engañarse a sí mismo, pensó.  

Sonara ingrato con Blak y aquella bruja que salvaron su vida pero quería a alguien cercano; para contar sus secretos, sus miedos, sus gustos o simplemente sus planes para la noche. Alguien al que no le diera vergüenza  invitar a recorrer hasta un basurero.


-‘’Seré amistoso con la primera persona que encuentre en los próximos días, una vez que me haga de alguien quien confiar volveré al instituto. ’’ – Deseaba confiar en alguien.  Ojalá fuera tan fácil ser así de sociable, decir ‘’Hola y gusto en conocerte’’ de un brinco. Hubiera anhelado que con su nuevo estado físico llegara otro mental.

Y sumido en toda su ‘mierda’ mental se sorprendió al percatarse de un aroma peculiar lo cual le puso en alerta inmediata. -

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Re: ¿Estoy socializando? [Privado]

Mensaje  Ishbahn el Mar 27 Jun - 3:00

Una ráfaga del frío viento, propio de las noches a los finales de la primavera, se deja entrever mientras se encamina hacia el bosque. Su cabello se eleva sobre su espalda, con gracia y una elegancia tan característica en sí, al haber dado éste directamente contra él. Al momento, detiene sus pasos, esperando pacientemente a que la ráfaga pase, para volver a seguir su sendero. Lentamente, con suavidad, su mano derecha se eleva a su rostro y pasa sus manos por el inicio de su cabello, peinándolo hacia atrás y dejándolo caer poco después a ambos costados de su rostro. Con la misma lentitud empleada, sus ojos vuelven a abrirse, revelando el azul aguamarina tras los párpados. Debido a la oscuridad de la noche, carente de destellos plateados producto de las estrellas, y la luz de la luna, que se oculta por momentos detrás de espesas nubes grises, el color de sus ojos se hace notar como un azul más oscuro.

La penumbra que impregna el ambiente, combina a la perfección con tan tétrica vista que el bosque proporciona viéndolo desde los límites exteriores. Las copas de los árboles se agitan con violencia, mostrándose como garras que se menean entre la oscuridad, esperando atrapar a quien se atreva a ingresar a su interior; una escena propia de un miedo infantil. Por algún motivo, gracias a esa distorsionada manera de observar la vida y todo aquello que la componga, a Ishbahn le causa gracia pensar en el bosque bajo esos conceptos. Incluso gesticula una ligera e irónica sonrisa. ¿Por qué sonreír antes de adentrarse en tal nefasto sitio? Para Ishbahn resultaría siendo una pregunta sencilla, en caso de haber sido hecha hacia él. No demoraría, ni siquiera parecería detenerse a pensar en una respuesta; simplemente reiría y, sin pudor alguno, alabaría a su persona, haciendo notar cómo su presencia puede transformar un triste y desgraciado lugar, en algo hermoso, por la mera acción de estar presente. ¡Pues claro! ¿De qué otra manera sería sino entonces? Para Ishbahn, la única existencia importante es la suya propia. Para él, todo lo que no corresponda a su persona es una pérdida de espacio ocupado en este basto planeta. Para ese altivo, desagradable, y narcisista nefilim, el mundo y su mecanismo de función no tienen relevancia, pues su nublado juicio le obliga a, infantilmente, verse por sobre todo y todos. Siendo así esto, tiene sentido que disfrute de la idea de volver el bosque algo interesante. No es tan desalmado después de todo, y gusta de ofrecer su presencia como ayuda a todo y todos los desdichados por no ser él.

Sus pasos resuenan con un pasivo murmullo, pues la fértil tierra a sus pies amortigua parte del sonido que, de encontrarse sobre mármol, azulejo, piedra, o algún otro material más sólido, habría anunciado su llegada con un fuerte estruendo a cada paso; ahora no hay más que los crujidos de frágiles ramas y hojas secas que hay por doquier. Puede, tal vez, incluso ser el exoesqueleto de algún insecto quien tuvo la mala fortuna de cruzarse por su camino. Conforme avanza, adentrándose más y más en el oscuro bosque, su presencia resulta más sencilla de notar. Sus ropajes negros, desde el calzado, los pantalones y esa gabardina que gusta de llevar siempre, abierta a la altura del pecho para revelar así la mitad de su torso, harían un tanto difícil identificar por vista a quien se encaminara por aquellos lugares. No obstante, su extravagancia al vestir, aquélla que le hace adornar su atuendo con hebillas y piezas de armadura de plata, así como ese largo cabello níveo le hacen destacar con rapidez. Ante esto, quien lo viera podría asegurar que se trata más de un pobre demente quien se encamina a cumplir algún capricho; no se llegaría a pensar que se trata de un mercenario, de un espía, de un asesino, no de alguien quien deba ver la discreción como una parte esencial de sí. Al menos, si es que en verdad cualquier persona llegase a verlo y pensara de él de esta manera, habría acertado en algo: se encamina a cumplir nada más y nada menos que un capricho. Ésta no es su primera vez en el bosque, aunque sí sin una razón independiente a su trabajo. Algunas veces, sus clientes (los cuales, por desgracia, tienden a ser mayoritariamente humanos) exigen la captura de seres distintos a ellos. Desean poseer entre sus garras todo aquello que sea diferente, especial, y no siempre para un fin bondadoso. La envidia conduce siempre al odio. Y el odio conduce a actos precipitados y desafortunados (al menos para una de las dos partes). Por primera vez en un tiempo, él no se encuentra aquí para privar de su libertad a nadie, sabiendo que más tarde la privacía se extenderá hasta ser muere. Únicamente cumple un capricho.

¿Qué tan extraño puede resultar la acción de encaminarse al bosque en una funesta noche, sólo por el placer de caminar por el bosque en una funesta noche?

Tal vez demasiado extraño, pero eso no le interesa a Ishbahn, y por lo tanto no se detiene mientras sigue adentrándose tan profundamente como puede en ese lío de árboles danzantes. El viento sigue corriendo, desacomodando cada tanto tiempo el lacio cabello del nefilim, así como mancillándolo al enredarle alguna hoja o ramilla. Cada vez que esto ocurre, él se detiene para regresar su cabello al pulcro estado en el cual lo mantiene siempre. O al menos tanto como la situación donde se encuentre se lo permita. Por un momento, la idea de volver a casa, lejos de la inmundicia del bosque y todo aquello que lo compone, cruza su mente. Finalmente, ¿por qué un ser tan superior y perfecto como él debería ensuciarse como los simplones quienes habitan el resto de mundo que él no hace? Volver a casa resulta tan tentador en ese momento justo, que casi lo hace darse media vuelta y regresar sobre sus pasos. Mas no lo hace. Hay algo que lo detiene de toda acción que estuvo por hacer. En medio de la quietud nocturna del bosque, hay una presencia que lo alerta. A diferencia de todas las que inundan el lugar, ésta llama especialmente su atención pues genera movimiento premeditado y mayor ruido que el bosque en sí. La curiosidad de conocer qué puede ser lo hace rectificar su decisión, ganándole incluso a ese primer deseo. ¿Se trataría de alguien interesante? ¿Tal vez un ser digno de un combate contra él? Si se encuentra en el bosque, en una noche como ésta y con deseos similares a los suyos, debe entonces ser una señal de que habrá algo interesante para no dar el día como uno más perdido ante la repugnancia y presencia de todo aquello que detesta. En todos sus años de vida, al menos aquellos que ha contado desde su segundo inicio de vida, ha habido pocas personas que puedan llamarse vagamente interesantes para él, y todas han sido descubiertas en circunstancias extrañas. Puede que ésta no sea una excepción.

La presencia proviene a unos metros al noroeste de su posición actual. No demora en andar hacia aquella dirección, con el mentón en alto, los hombros firmes, y la vista inquieta, buscando anomalías que pudieran encontrarse en el interior del bosque. Finalmente, tras unos cuantos pasos más, Ishbahn llega a un claro entre toda esa mole de árboles. Lo que ve al adentrarse en éste, pronto le hace perder toda esa pequeña esperanza de encontrarse con algo interesante. Frente a él se encuentra un hombre de apariencia común y aburrida, al menos a sus ojos, con la única cualidad de poseer seis colas y orejas de zorro; un vulpino. Tal vez de no haber ese extenso número de colas, podría considerarlo incluso un metamorfo. Sea como fuere, la identificación racial del hombre deja de ser relevante apenas un instante después de pensarlo. Los ojos azules siguen fijos en él durante un par de segundos, tal vez unos cuantos más, hasta que finalmente emite un bufido despectivo y sigue avanzando, planeando pasar de largo ante el hombre en cuestión. Inesperadamente, al estar justo a su lado, le otorga una segunda vista. Una mirada de desprecio, de burla, es lo que ofrece ante el desconocido y, sin interés para más, sigue avanzando con el deseo de abandonar el bosque nuevamente en su mente.

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